Vivir danzando

Para los aztecas, vivir era danzar. Al igual que mucho otros pueblos amerindios, la danza era una actividad esencial en su vida como individuos y como colectividad. Con gran frecuencia danzaban ya sea para ensayar, ya sea por motivos personales o porque participaban en una ceremonia pública. Si uno revisa las descripciones hechas por los frailes misioneros del s.XVI sobre las ceremonias festivas que tenían a lo largo del año, uno se dará cuenta de que no había una sola en la cual no danzaran. Las representaciones pintadas de danzas en los códices Tovar y Durán muestran también la importancia que esta actividad tenía entre los habitantes del Anáhuac.

Para los aztecas, Huehuecóyotl, el “coyote viejo”, era el dios patrono de la danza, el canto y las artes. Aunque bromista y seductor, guiaba hombres y mujeres en las series de movimientos que ejecutaban al sonido del tambor vertical huéhuetl (hecho de un tronco de madera y tapado con un cuero) y del tambor horizontal de madera, teponaxtle. Los antiguos nahuas tenían una afición muy particular por la danza. No es casualidad que sus ancestros -que tenían a la vez el carácter de dioses, hombres y sacerdotes- generalmente estaban representados en los Códices danzando. Se muestran en movimiento, en equilibrio, con un solo pie en el piso. El movimiento corporal de los dioses repetía ciertamente la danza mágica del universo. En efecto, si uno observa las diferentes posiciones que en el año los planetas ocupan en la bóveda celeste, así como sus movimientos entre sí, uno podrá advertir una danza majestuosa ejecutada con un compás perfecto. Lo que parece lento desde la Tierra es en realidad extremadamente rápido.

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La danza, tal como la practicaban los aztecas, constituía un ejercicio  físico de resistencia que exigía disciplina, fuerza y flexibilidad. El tronco de los danzantes estaba derecho pero no rígido, cual árbol de la vida con las raíces bien plantadas en la tierra y la cima de sus ramas en el cielo. Sus brazos estaban pegados al cuerpo y los antebrazos al horizontal con los puños cerrados. Los movimientos de sus piernas eran elevaciones de las rodillas a la altura de la cadera, con una cadencia que solía variar en una misma danza. Los danzantes aprendían a inhalar por la nariz y exhalar por la boca con el fin de prolongar su esfuerzo y limitar su cansancio. Todo su cuerpo estaba en movimiento. Las danzas duraban largas horas e incluso días enteros. Sus pies desnudos no dejaban de golpear fuertemente el piso para llamar la atención de Tlaltecuhtli, la Madre tierra, y solicitar su intercesión.

Tenían conciencia del significado de cada secuencia de movimiento. Asimismo, prestaban su cuerpo para dar vida a combinaciones específicas de números, de golpes en el piso, de avances y retrocesos, vueltas, saltos… Cada número ya sea 4, 7, 9, 12 o 13 tenía un alto valor simbólico. La danza era el lenguaje matemático del cosmos.   Los cuatro elementos estaban omnipresentes. El movimiento serpentino hacía referencia a la tierra, el zigzagueado representaba el agua, los vuelos en el aire al viento, avanzar y retroceder avivaba el fuego. Además, integraban las direcciones cardinales en su coreografía. De hecho, la posición relativa de los danzantes en las plazas donde se presentaban reproducía el orden cósmico. Se volteaban y reverenciaban primero al Este -la dirección en la que aparece el sol-, luego, en el sentido contrario de las manecillas del reloj, luego al Norte, al Oeste y finalmente al Sur. De esta forma, los aztecas buscaban frenar el movimiento celeste de los astros que podía destruir al Quinto Sol y, por ende, acabar una vez más con toda la humanidad.

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Es importante saber que todas las danzas con carácter sagrado eran oraciones dirigidas, en última instancia, a Dios. Estas danzas de merecimiento se llamaban macehualiztli, mientras las danzas profanas tenían el nombre de netotiliztli. En todo caso, la fe era el motor que animaba a los danzantes cuando ejecutaban una pieza en una ceremonia festiva. Sabían del extraordinario poder que tenía la danza, sobre todo cuando eran varios miles quienes la ejecutaban al compás. Movilizaban una fuerza increíble, además de ser un extraordinario espectáculo sonoro y visual.

En sus danzas, cada persona tenía su atuendo colorido y cómodo, así como su penacho, los cuales indicaban su rango. Los guerreros aztecas no traían armas cuando danzaban, sino sonajas de mano ayacaxtliy chachayotes amarrados en los tobillos. Sus danzas no eran para atacar a alguien externo ni mucho menos pelear entre ellos. Por esta razón, el vil Pedro de Alvarado y sus hombres pudieron masacrar cobardemente a miles de danzantes que ejecutaban danzas en honor a Huitzilopochtli -dios de la guerra- en el templo Mayor, porque nadie de ellos estaba armado. Para los aztecas, danzar era una manera de reafirmar su fe y mostrar al Creador de todas las cosas cuánto lo amaban. Ayunar, orar, danzar y ofrendar su sangre eran actividades estrechamente vinculadas.

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Asimismo, es importante saber que en la escuela cuicacalli, los jóvenes de ambos sexos aprendían de memoria y ensayaban estas hermosas coreografías. In cuicatl in xochitl (“el canto y la flor”) se llamaban estas actividades artísticas de primera importancia para el pueblo azteca. Danzar no era una actividad reservada para los nobles, sino que todos, hombres, mujeres de todas condiciones socioeconómicas, la practicaban. Es más, quienes se vendían como esclavos en los mercados enseñaban su habilidad como danzante para seducir a posibles compradores. De manera general, la danza era muy valorada entre los aztecas y, más ampliamente, entre todos los pueblos de la antigüedad. Para ellos, danzar era celebrar la vida.

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