La expansión del Imperio Azteca

Es sorprendente ver que en menos de 150 años los Aztecas pasaron de ser una tribu sometida a la esclavitud y morando en los pantanos insalubres del lago de Texcoco, a una de las civilizaciones más grandes que haya existido en la Tierra. Si su desarrollo ha sido extremadamente rápido no fue producto del azar. Apoyándose en principios firmes de disciplina, libertad y respeto, los Aztecas lograron extender su zona de influencia desde el valle central de México hasta la Huasteca y la región del Golfo, Guerrero, el centro de Oaxaca, la región sur del soconusco (que conecta con la zona Maya de América central) y hasta un enclave en Nicaragua. Uno puede imaginarse lo que hubiesen logrado de no haber sido sometidos y exterminados por los Conquistadores en 1521.

La expansión del imperio Azteca no fue el resultado de una sed de poder y sangre. Ningún huey tlatoani quiso avasallar a todos los demás pueblos y reducirlos a la esclavitud. Ningún emperador azteca se comportó como un tirano actuando de manera arbitraria y despótica. A diferencia de otros pueblos en la historia, los Aztecas no destruyeron las culturas locales ni arrasaron con los cultivos; tampoco atentaron en contra de la población civil ni cometieron ningún genocidio. Su dominio fue de otra naturaleza. La expansión del imperio Azteca se dio a partir de una visión amorosa y respetuosa del otro. Su objetivo era federar a los pueblos mesoamericanos para que, junto con la Triple Alianza, tomaran el camino del bien. Los Aztecas se asumieron como el pueblo elegido, el cual tenía que ser un ejemplo para los demás bajo la guía del dios Huitzilopochtli.

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La meta de cada huey tlatoani era extender el número de comarcas en las cuales predominara la cultura del bien, del respeto y la justicia, así como la libre circulación de bienes y personas. Para lograrlo multiplicaban los intercambios comerciales y las invitaciones para presenciar eventos festivos en la Gran Tenochtitlán. El náhuatl (“el idioma dulce”) se convirtió en la lengua franca en Mesoamérica, como el inglés en la época contemporánea. Los Aztecas buscaban también sellar alianzas matrimoniales con las familias gobernantes de aquellas comarcas, con el fin de mezclar su sangre con la de ellos. Pero no todos los pueblos veían con buenos ojos esta política expansionista, pues muchas veces los jefes locales tenían interés en querer conservar principios inmorales de gobierno. Para algunos de ellos, todos los medios eran buenos para imponer su voluntad a su pueblo, incluso el recurrir a la brujería y rendir culto a seres del inframundo. Había también comarcas gobernadas por linajes de déspotas que actuaban sin piedad para mantenerse en el poder como Tezozómoc y su hijo Maxtla, en Azcapotzalco, por ejemplo.

La resolución de las diferencias con los demás pueblos estaba estrictamente codificada. Primero los embajadores de Tenochtitlán hablaban con aquellas autoridades y les ofrecían presentes. Si no resultaba, veinte días después embajadores de Tlatelolco se dirigían a los jefes militares del pueblo inconforme. Y si tampoco lograban un acuerdo, veinte días después los embajadores de Tlacopan se esforzaban por convencer a la milicia contraria de los graves peligros que corrían en caso de tener una guerra con la Triple Alianza. De no resultar lo anterior, y como último recurso, se emitía una declaración de guerra. Se decidía de un común acuerdo un día propicio para empezar la contienda bélica y se acordaba un campo de batalla a media distancia entre los dos reinos; de preferencia un llano.

Había leyes de guerra que los pueblos mesoamericanos estaban llamados a respetar, aunque no todos lo hacían como los Purépechas, por ejemplo. Dentro de estas leyes no era aceptado actuar por traición ni atacar a la población civil. Se prohibía atacar de noche, matar guerreros desarmados o emplear animales en el campo de batalla; después de tres días de pelea, y en común acuerdo, al siguiente día las tropas de ambos bandos descansaban…Además, las autoridades de la Triple Alianza buscaban que el número de guerreros fuera equivalente -e incluso inferior- al del otro bando para que la contienda bélica mostrara a los de mayor fuerza y valor. Llegaban a ofrecer armas a sus oponentes para que no estuvieran en desventaja en cuanto al equipo militar.

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Los Aztecas no buscaban la destrucción del oponente sino su rendición. Se ocupaban de hacerlo entrar en razón, incluso con las armas cuando era necesario. Se asumían como promotores de una cultura del bien. Tenían fe en Dios, Creador de todas las cosas. Llevaban luz dónde había oscuridad. De ahí su nombre de pueblo del Sol.

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